ACERCA DE LA PAZ

Si se quiere realmente solucionar el problema de la guerra, es indefectible el análisis de la condición humana. Es porque somos humanos que hacemos la guerra, no por ser militaristas o guerrilleros. Es inmanente al ser humano la racionalidad, que tanto promovemos, pero también lo es la irracionalidad, la condición animal que tanto detestamos, y es precisamente por rechazar esta última que hacemos la guerra. Santo Tomas de Aquino nos lo recuerda en la Suma Teológica cuando afirma: “el hombre es un animal; porque el ser animal es de esencia en el hombre”.  Si logramos aceptar que la díada racionalidad-irracionalidad, inteligencia-pasión, lógica-sentimiento, es inherente al ser humano abrimos las puertas para llevar a cabo el análisis serio y profundo del problema, de lo contrario nos quedamos en las opiniones personales vacías de contenido para alcanzar la verdad. La condición irracional propia de los animales anida en el hombre para engrandecerlo y no para enlodarlo como se le ha estigmatizado injustamente. Basta leer a Óscar Wilde en su libro “De Profundis” para comprender la grandeza de la irracionalidad cuando afirma: “Los errores fatales que todos cometemos en la vida no se deben a nuestro comportamiento irracional. Un momento irrazonable puede ser nuestro mejor momento. Los errores se deben al hecho de que el hombre es lógico”. De  la irracionalidad nacen las expresiones artísticas que dan sentido a la vida ante la impotencia frente a la muerte irremediable de todo ser humano. Si queremos sentir el placer que produce el arte es necesario entender, como lo entendió “el principito”, que: “on ne voit bien que avec le cœur. Le essentiel est envisible pour les yeux” (uno no ve sino con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos).  Desarrollar esta condición de sentir irracional, más que de comprender racionalmente es la que nos permite disfrutar las cosas bellas de la vida. Pero también, es esta condición animal la que le imprime al hombre el deseo de venganza o retaliación que contrario a lo que la mayoría piensa, es la herramienta que hizo posible encontrar una solución para dirimir los conflictos. Responder a esta necesidad humana evita que el conflicto se eternice.

 

En la antigüedad ante un evento de confrontación de cierta gravedad la comunidad encontró un mecanismo de solución que fue denominado el “chivo expiatorio” dando la oportunidad a la víctima de atenuar el deseo de retaliación y en consecuencia restablecer  la convivencia en paz. La sociedad de la época entendió que para dar por terminado el conflicto era necesario que la víctima sintiera que el victimario era castigado. “El chivo expiatorio” fue una solución radical y dolorosa que permitió desarmar a la víctima de su deseo de venganza. Esta solución aunque efectiva no dejaba de ser injusta al castigar a una persona inocente. Pasado el tiempo se encontró un mecanismo justo que se denominó “justicia” que no es otra cosa que una retaliación por tercera mano. El juez ante una situación de injusticia y luego de analizar las evidencias y pruebas del caso impone una pena al victimario, acción que permite a la víctima desarticular su deseo de venganza. La acertada creación de la justicia fue tan exitosa que la humanidad la elevó a la calidad de derecho humano, es decir que es inherente al ser humano, que no se puede eludir, y que si se elude regresaremos a la barbarie donde no existe el pacto social de convivencia. Parados en este horizonte teórico se puede analizar el problema de la paz en Colombia o en cualquier lugar del mundo. Es evidente que en Colombia no se hará justicia con las víctimas de los grupos armados que en el observatorio de las víctimas del conflicto de la Universidad Industrial de Santander asciende a 8.000.000. Si consideramos que otras dos personas cercanas a la víctima son afectadas igualmente tendremos un total de 24 millones de víctimas esperando la justicia para poder deponer el deseo de retaliación. Por lo tanto, si se viola el derecho humano de la justicia mediante la cínica figura de la “justicia transicional”, las víctimas se verán abocadas a tres situaciones:          

 

1) Entregarse a los grupos religiosos para ser asistidos, de por vida, espiritualmente bajo la falsa figura del perdón, el cual sirve de paliativo temporal pero no definitivo.

 

2) Ante la ausencia de justicia tomar las armas para hacer justicia  por sus propias manos.

 

3) Somatizar su malestar psicológico. La angustia generada por la falta de justicia, mina la salud de quien la padece. Es innegable que un grueso grupo de la población será sometido a la enfermedad.

 

Ahora bien, si analizamos el tema desde el lado opuesto, el del victimario, es necesario analizar los estudios realizados por los investigadores de la mente del ser humano. Alfonso Sánchez Medina en su libro “Violencia social y psicoanálisis” pone en evidencia los diferentes comportamientos de los victimarios y las consecuencias a futuro para las víctimas. Aquel que comete un delito contra un tercero queda afectado psicológicamente, consciente o inconscientemente, y más aún si el delito cometido es atroz. Según el autor “diversos estudios psicoanalíticos indican que existen dos grandes tipos de culpa, la persecutoria y la depresiva. La primera que es la enfermiza, lleva al individuo o al grupo social a reaccionar principalmente de tres formas. Una, llamada maniaca, consiste en que aceptan que ha existido daño pero niegan o minimizan su participación, en otras palabras, se “lavan las manos”. Otra es la paranoide, en que atribuyen las causas de su agresión a los demás, es decir, los responsables son los otros y no ellos mismos, inclusive se muestran víctimas. La peor es la psicopática, puesto que estos individuos carecen de sentimientos de culpa conscientes, aunque la culpa inconsciente permanecerá en ellos generando más patologías. Al no sentirse conscientemente culpables tienden a seguir delinquiendo..”  Como podemos ver las consecuencias de un arreglo sin tener en cuenta la aplicación de la justicia y el arrepentimiento de los victimarios sólo servirá para profundizar más el conflicto con las consecuencia funestas, para la población, de agudización de la guerra. Es necesario que el victimario tome conciencia de su culpa para poder encontrar sosiego por las acciones atroces cometidas en el pasado. Si el victimario opta por la culpa “depresiva” descarga su corazón de odio y resentimiento evitando en el futuro recaer nuevamente en las mismas prácticas violentas bajo otras justificaciones.

 

La guerra es consecuencia de la injusticia, sea cual sea. En nuestro caso de la injusticia social producto de la corrupción que ha llevado a algunos ciudadanos a tomar las armas para restablecer las condiciones de respeto y reconocimiento de las necesidades de los más desprotegidos. Estos grupos reclutan con facilidad sus militantes en los barrios más humildes donde todo esta por ganar y nada tienen para perder, porque lo tienen todo perdido. Quienes pretenden alcanzar la paz sin resolver los problemas de inequidad, abandono y discriminación están generando el fortalecimiento de la guerra y peor aún si se utilizan los recursos que deberían ser utilizados en los estratos más bajos comprando apoyos de los corruptos para firmar una paz predestinada al fracaso por ignominiosa. Mientras no se solucionen los problemas generadores de la guerra, la miseria y el hambre,  cualquier acción es falsa y tiene otros propósitos particulares ajenos a la verdadera solución del conflicto . Los corruptos para engañar a la población venden ideas falsas con publicidad alienante como: “sólo con impunidad se logra la paz”. Es tanto como creer que sin justicia para las víctimas se logra la paz. “Perdonemos”, es otro elemento religioso para engañar a la población y someterlo de por vida a la indignidad de ser burlado en su derecho humano de exigir una JUSTICIA JUSTA.

 

Gabriel Hernández Suárez

05/04/ 2016

2019 PDA Studios

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